Un ruiseñor, una sirena, una voz de terciopelo más vibrante que el tañer del bronce en Notre Dame. Me tiró del tímpano, me arrastró por un campo de cafetos y me cautivó bebiéndome a sorbos sus parpadeos. Ella está aquí. Es real.
Mientras el goteo de la cafetera hace su hechizo, voy buscando absorber toda la dulzura que proyecta el aroma que despide, un olor a... sueños.
Sus palabras y su timbre se evaporan en el aire, van volando buscando resguardo en algún rincón de la estancia. Su risa hace que mi interior esté ansioso por la violenta adrenalina que me produce su avasallante paso como un maremoto que culmina con su sonrisa... ¡Dios! esa sonrisa cómplice que se tatúa en mi retina mientras mi mente está absorta de ella, de su esencia, la misma que irradia como un cálido rayo de luz del ocaso. Esa misma esencia que trasciende por el cuarto y se mezcla con los granos del café que gotean al rugir de la cafetera.
Aún en la distancia, cada vez que veo esa taza preparada para degustarse en una noche estrellada y de jazz, sus vapores evocan su cabello cuando me grita, sus ojos me atraviesan el pecho, y a veces, sólo a veces, creo haberle escuchado su canto...
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