Vino tinto. Juegos de pelota intrascendentes. Nicotina. Sonrisas. Instrucciones de supervivencia. Apretón de manos. Su cabello me busca, su mirada me atraviesa cual rayos x, mi pulso se acelera, el tiempo se detiene. Loco y ciego no negaría que me gusta tanto, que me atrae como un bicho a la luz. Quisiera enhebrar mi vida por su aguja y quisiera que cada atardecer lo viéramos juntos con la misma fuerza con la que apretaba mi mano ayer. Sólo quería decir que el momento era perfecto.
Todo lo que soy, todo lo que tengo ha quedado al descubierto, no tengo ni un yelmo ni una coraza ni una greba en mi armadura, la fundió el momento de preguntar: "¿y tú qué quieres?". Con una pregunta tan directa debes responder igual de directo, sin rodeos y de corazón, es una respuesta importante, todo depende de ella, la armadura ya no existe.
Siempre he dicho que mi deseo más recurrente es tener una máquina del tiempo, categóricamente para regresar y deshacer mis errores. Hoy ya no la quiero, la época, el momento, la situación está tan idónea que no cambiaría nada. Siempre mencionaba en mis depresiones que necesitaba un reloj para mejores tiempos y ahora que los estoy viviendo el tiempo es irrelevante.
Cada mirada sostenida, cada beso en su mejilla, cada vez que entrelazábamos las manos, me hacían desear besarle por horas en esa boca de donde sale esa voz hechicera y que nuestros latidos siguieran el mismo ritmo en el abrazo intenso.
Surgió. Nos besamos mil millones de veces mejor que como mi mente lo imaginó por tanto tiempo. Un beso suyo equivale a una galaxia explotando, a un huracán desatado, a un suspiro mientras me sonríe. Mi mente explotó y sólo podía darme cuenta como nuestra bocas encajan a la perfección. Ése beso será mío, sólo mío y lo tendré en mi mente para siempre.
jueves, 25 de julio de 2013
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