Ayer fue una noche muy distinta a las que acostumbro tener.
Pasé por Angie a su casa casi a las 20:00, me recibió con un tímido beso en el remedo de boca que tengo (siempre he pensado que tengo la boca chica), eso es lo mejor de mi día, un beso suyo después de 4 días de no verle. Vamos filosofando como siempre en el camino a la gasolinera sobre una niña que quería ser flan y hablando de la manera más elocuente posible, nos divierte el imaginar decirle al de la gasolinera: "le suplico sea tan amable de adicionarle el equivalente a una centena de moneda nacional sin céntimos de fluido carburante alcano petroquímico refinado premium sin plomo". Es bastante ingeniosa en ello.
Llegamos a la Alameda y nuestra misión es subirnos a los juegos mecánicos, su mirada se dirige a la rueda de la fortuna, su sonrisa surge.
Minutos después estamos viendo la ciudad desde la parte de arriba de la rueda, eso hace que busque en mis recuerdos y no encuentre ninguno referente a mí dentro de una situación similar... Nunca me he subido a una rueda de la fortuna, y para hacerlo más especial, mi primera vez es con ésta muñeca, cada vuelta que damos me hace sentir un vértigo en el estómago, y no por la altura o el marearme, son las tan mencionadas y cada día más menospreciadas mariposas en el estómago, es un vértigo porque Angie me lo provoca cada vez que aprieta mi mano con fuerza.
Después nos subimos a otro juego mucho más vertiginoso y radical, de verdad me hizo gritar y cerrar los ojos ¿donde había estado éste tipo de diversión en mi vida antes?, ella me ha cambiado la perspectiva de ver mi vida ahora, me siento como si quisiera comerme el mundo, quisiera correr y saltar dentro de una fuente con agua, reír a carcajadas, ver todo el cine que pueda, manejar a alta velocidad, dar vueltas en un campo de girasoles o simplemente ver la puesta del sol y como se aparece la primer estrella de la noche y la luna de plata, soy mejor persona por haberla conocido, me había hecho huraño, la ciudad me irritaba, la soledad se aferró a mí como una enfermedad que no quiere curarse, ahora sólo pienso en su voz, sus ojos y en ése beso con que me saluda cada día que nos vemos, en éste remedo de boca que tengo.
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